lunes, 25 de febrero de 2008

EL FINAL PERFECTO

Rozó mis pechos con un gesto ingenuo, como si acabara de comenzar a descubrir el significado de la palabra sexo. Como si no se atreviera a hacerlo, como si yo fuera a ofrecer algún tipo de oposición. Yo le deseaba en ese momento, todo mi cuerpo vibraba por tenerle dentro de mí. Cerré los ojos y me tumbé lentamente en la cama mientras él se iba deshaciendo de mis zapatos. Comenzó a morder mis pies, con una ferocidad que me hacía sentir la más dichosa de entre las bestias. Poco tiempo después desaparecieron mis medias, quizás desgarradas por tirones de lascivia. Yacía sumida en un sueño eterno del que no quería despertar. Y respiraba, cada vez más profundamente. Mi mente quería escapar a otro lugar donde lo prohibido estuviera permitido, donde el odio fuera amor, donde el rencor fuera pasión. Donde la palabra pecado no existiera. Prosiguió cumpliendo mis deseos más oscuros, mientras me recorría con su boca las ingles. Yo sólo respiraba, me dejaba llevar a las puertas del cielo. Me sentía divina, única, privilegiada por vivir aquello. No tardé en mojarme, estaba tan húmeda que no sabría decir cuál era el origen real del sudor de mis muslos, que estaban completamente bañados por su saliva. Mis braguitas huyeron despavoridas en algún momento de mi éxtasis. Pero mi explosión no llegaba, de hecho aún quedaba mucho por recorrer, y esa ansia por llegar y no hacerlo me ponía en un estado casi de desesperación orgásmica. Mi sexo fue esquivado sutilmente. El vientre pasó a ser el siguiente mordaz objetivo de mi compañero. Su boca mordía y chupaba, cual vampiro sediento de la sangre que le alimenta. Mi respiración se volvía frenética, iba a estallar. Pero algo me decía que tampoco era el momento. Seguía subiendo y mis pezones deseaban salir de sus órbitas erizándose súbitamente, mientras gemía como una loba. Mis piernas estaban tensas, mi ego ardía.


Comenzó a sorber mis pechos, con la misma intensidad y dulzura con la que un niño saborea su helado favorito. Sus manos agarraban mi espalda, dejándole espacio suficiente como para atrapar también parte de mi trasero. Yo ya no podía más, en ese punto no era consciente de lo que me iba a pasar, ni quería serlo. Fue en ese instante cuando decidió parar. Sin mediar palabra alguna dejó que mi respiración volviera a su curso normal, si es que en ese momento ese término tenía algún tipo de sentido. Permanecía con los ojos cerrados, sin querer despertar, cuando apenas sin darme cuenta me encontraba con un pañuelo que me amordazaba. Manos y pies corrieron la misma suerte, asidas a la cama. La presión ejercida por los pañuelos sobre las muñecas y tobillos era fuerte, pero no definitiva. Escapar no sería muy complicado, aunque tampoco lo deseaba. Quería saber adónde llevaba ese juego. Opté por abrir los ojos y le observé desnudo. Se proponía a tumbarse encima de mí. Sin embargo, su cara se enfrentaba a mi sexo, y su sexo se dirigía a mi cara. Despacio penetró su lengua en mí y empezó a lamerme suavemente. Estábamos bailando su lengua y yo una danza endiabladamente sexual. Deseaba que me chupara, pero también quería hacerlo yo. A ese punto habíamos llegados juntos, y no era justo que sólo me saboreara él. Sólo tenía un pañuelo mojado por mi saliva ardiente. El olor de su sexo se hundía en mi cara, y yo necesitaba chuparle. Pero él seguía su juego, encontrando mi clítoris en el momento adecuado. Estaba punzante como la punta de un alfiler. Quería explotar, pero no llegaba nunca y no lo haría hasta que no actuara. Mi orgasmo se acercaba a zancadas, pero se quedaba en las puertas. Cuando parecía que ya no se podía disfrutar más, una ráfaga de pasión desatada recorría cada uno de mis músculos. Siempre había más. Jamás había vivido una situación semejante sin haber tenido un orgasmo. Estaba jugando conmigo, quería que yo buscara el orgasmo. Seguía vibrando, mi pulso se aceleraba y su polla permanecía desafiante frente a mis labios, grande y hermosa, palpitando al mismo ritmo que lo hacían mis latidos a modo de convulsiones cada vez más aceleradas. No podía más. Intenté zafarme para dejar que mis manos libres la buscaran. Sólo lo logré con mi mano izquierda y sin vacilar me quite el pañuelo que encerraba a mi boca cogiéndola con ansia. Chupé y chupé sedienta de placer mientras él hacía lo mismo conmigo al mismo ritmo, bailando un vals en las puertas del pecado. En escasos segundos eyaculamos. Grité tan fuerte que no emití ningún sonido. Exhausta me quedé dormida. Cuando desperté él ya no estaba, pero no se lo reproché. Fue una noche mágica y el no verlo en mi cama al día siguiente suponía un final perfecto.

5 comentarios:

SoMbReRo LoCo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
SoMbReRo LoCo dijo...

jooooooooooooooder Tay!!! me cago en tó lo que se menea. Pretendes poner cachondo a tus colegas o qué?? Encima vas y te pones peluca...jajaja!!! Ven cariño que he encogido a los niñosss. Como te lo lea el Antonio Gala te abre el cerito jeje. Buen viaje sexuarr a tu amada tierra de las birras infinitas.

Ravenans dijo...

emmmm...¿niño sin amigos?

Tay Marthin dijo...

Es que el "niño sin amigos" no lo encontraba...ya lo pondré. Como tenía este cuentecillo por ahí pues ahí lo he soltado, juas juas

Diego dijo...

Hallo Tay!!, gracias por invitarme a éste tu flog, espero estar a la altura de tu prosa cada vez que añada algún comentario. Sigo sin aterrizar del viaje a Berlín...quiero fotos ya... Sage-Club http://www.sage-club.de/crm06/index.php , do you mean?